El sentido de las frases

 

Él habla igual a como yo le hablaba. Él dice lo que yo le decía cuando no escuchaba. Escuchaba. A veces tiene sentido, un sentido perverso y desfasado, a destiempo. Un sentido que ya no vale, o quizás es la manifestación máxima del sentido. Todo lo que das, vuelve. Puede analizar frases. Eso está muy bien. No sé si tiene sentido buscar el sentido a cada frase, lo que se busca se ha perdido. Se han perdido todos los sentidos de las frases y nos detenemos a buscarlos. Hay que encontrar el sentido. De las frases. De los hechos, de las situaciones. Hay que encontrarnos en el sentido sino carece, todo, además, de sentido -eso es si soy-. Soy un hecho, una situación, una frase. Estoy escribiendo mucho, y al escribir, me escribo y sigo escribiendo mucho más. ¿Hay el sentido de las frases? Poco importa. Hay el sentido de algo más que no puedo ni sé resolver. Las ganas de estar. Las ganas de volver a decir algo que está. No tuve tiempo antes de detenerme a pensar de verdad. No sé la receta. Julia Cameron dice de una práctica que acompaña que no la sigo, no la seguí en cuatro semanas. No sé si empezar ahora, que parece tarde, toda referencia a esa primera práctica. Siempre hago las cosas a mi forma. No sé si estoy equivocada. Siempre estamos equivocados. Siempre buscamos el sentido si nos detenemos a darnos cuenta de que no lo tiene. Hacer cosas sin sentido nos mueve. El sentido que me trasciende me mueve. La imposibilidad de entender el sentido que me trasciende, me mueve, mientras miro las palabras, las frases que se conforman de nuevo detrás de las anteriores en la pantalla. Ahora le encuentro el sentido a ver nacer las palabras. Enfrente. Un eso en la pantalla que transmiten mis dedos. Pienso que es un registro akáshiko o algo semejante. Un comunicado conmigo pero en otro lado. Pienso que me dicto sin saberlo, sin entenderlo y, mientras lo pienso, la voz dice sí y me reafirma cuánto me sirve todo lo que aprendí, aun cuando se trate de analizar frases, de usar todos los dedos para escribir y recordar dónde están las letras del teclado, aún la búsqueda frenética del sinsentido que me demuestra mi propia arrogancia. Como si no bastara con la vida para poder disfrutarla. Una rueda. Un karma. Una bola de grasa. Pelear con la madre debería ser un mito que se enseñe en las escuelas. Todos saben de la ley del padre, no se habla tanto de la de la madre. La pelea constante que se repite en cada pelea con cualquier otro, con el mundo. Cuánta madre me habita a mí, pienso, siento. Soy un cúmulo de voces que dialogan con mi madre. Tengo que aprender. Tengo que aprender cosas de mi madre. Tengo que poder ser.

La magnitud de la herida habla de la profundidad de la experiencia. La cicatriz es la evidencia del sentido adquirido. Lo que hacemos con la cicatriz es la manifestación de si hemos aprendido algo de esa experiencia y de su sentido. Tiempo para escribir lo mío y lo mío filtrándose en el tiempo para escribir.

Encontrar la manera de que escribir y lo mío convivan de una vez. Escribir y convivo y migo. Escribir conmigo sin mí. Dónde están los controles, los controles del canal. He quedado pensando mucho tiempo que podría, que sería capaz de controlar los canales, la activación del canal. No sé quién está del otro lado.

Es muy posible también sea yo.

He hecho las cosas mal.

Has hecho las cosas. Mal es un concepto. Has creado cosas, no conceptos. Estás buscando desarrollar, desarrollo, desarrollar conceptos. Detente en los momentos. Detente en el momento de cambio sutil de lo energético, en el intercambio, detente en los hechos y situaciones y frases que evocan los intercambios, las únicas posibilidades de real cambio. Cambiá vos. Y todo va a ser perfecto.

De qué manera cambio?

Cambiá con el tiempo, no en su contra. No esperes del resto, de los amigos, del tiempo, cambiá con él. Habitando el tiempo en todo su momento, en toda su extensión. No expliques el tiempo ni su transcurrir. Habítalo, vivilo, sé ese tiempo transcurriendo en vos. No luches, modificate a medida de pasa el tiempo, a medida de todo intercambio increpate, no tanto al otro, más a vos misma. Dialogá con verdadero diálogo. Mirá tus espejos. Encontrate en esos gestos. Asumite y vas a ser libre.

Si no pasaste hambre no hables del hambre. Si no asumiste alguna vez tu abuso de poder, no hables del abuso de poder. Si no viste la maleza creciendo en tu propio jardín y protegiste de ella su tierra, no hables de las malezas ajenas. La libertad verdadera viene de elegir si lo que veo afuera se queda ahí. La lucha no tiene un dedo que señala, la lucha empieza por verte en toda tu perfecta imperfección.

Por cada amor que me ha fallado otro me ha salvado.

Tuve que arrepentirme de vivir y luego arrepentirme de querer morir. Quizá, sospecho, sea un juego.

Incluso los ojos de quien lea esto alguna vez sean parte del juego.

Hoy es catorce. 14, catorce. Me gusta cómo suena catorce. Tengo necesidad de terminar tantas cosas.

Disímiles.

Corrigiendo

 

 

10.03.2019

De las páginas propuestas por El camino del artista.

UNEA 2020

Uno de los transmisores del circuito A D del sector amarillo se ha desactivado. No hay plan B.

Estábamos de visita en la Mama Rusia. Nos activaban. Somos rusas. Réplicas rusas. El original es otro invento. Algunos dicen que existió. Que hay registros de algo o alguien que se llamó Museo aunque eso es un arcaísmo. ismo. ismo. Algunas cosas caen por su propio peso. El recuerdo no. El peso lo eleva, lo magnifica. El recuerdo aplasta al alma atrapada en ellos. Eso rezaban las páginas de la neo biblia que nos inyectaban.
Éramos alrededor de trescientas, nos trasladábamos en camiones tanque sin patente, conducidos por soldados yanquis cruzando las fronteras de los países menos desarrollados. No te puedo co co contar la historia. Mis sensores se inhibirían y causaría mi propio deceso. No estoy programada para eso.
La misión era en un paisaje agreste. Hacia un lado y otro el camino se sumergía en las profundidades de los valles tragados a su vez por montañas. Nuestro alimento es básico pero escaseaba.
Estamos falladas. Hubo algo, una falla. Le llaman espíritu santo los religiosos.
Quiero resguardar la discresión de estos escritos, la confidencialidad.
Este es un informe. Comienzo otra vez. Este es un informe.
Soy un informe. El informe.
Nos dieron uniformes pero lo perdí. A propósito, sí.
Tengo numerosos recuerdos implantados sin registrar.
Tengo infancias imposibles conviviendo en mis memorias artificiales. Esto es un artificio. Festejé mis siete años en siete puntos diferentes del globo terráqueo a la vez. Siete existencias. Esto es un artificio.
A los lados del sendero se elevaba la planicie, algunos huecos en la tierra servían de refugio para algunos, como ahora, por ejemplo, para el grupos de ropas más tropicales.
“Hoy es hoy” reza un cartel en rojo fuego. Otros grupos descansan más adelante, entre los árboles o al borde de la ruta. Algunos beben. Hay policías, gendarmes, uniformes con armas que someten a algunos de los grupos más numerosos.
Nosotros cinco recorremos ese sendero. Saludo a los pocos rostros identificables.
Avanzamos hasta que, a nuestra derecha, el hierro de una diminuta puertecita de rejas se abre entre la maleza a nuestros ojos. Esquivamos los alambres de púa y pasamos por un agujero Subimos.. Subimos largo rato.
Las capas hacían sombras chinescas en el jardín salvaje que nos rodeaba. Un escalón. Seis. Siete. Veinticuatro. Cuarenta y tres. Cuarenta y siete. Sin cuenta.
Una puerta.
¿Hoy es hoy en todo el mundo?
Qué farsa.
Me conecto. Estoy en un museo. En una habitación de un museo.
Despierto en una cama doble en una habitación de un museo. No estoy sola. En la cama doble de la habitación de un museo en que despierto hay otro cuerpo. Es el de un hombre. Estamos desnudos, los torsos descubiertos. Por la puerta de la derecha ingresa una mujer muy mayor, muy delgada, casi transparente, y un hombre carente de particularidades, nos miran. Detrás de ellos, una mujer, o una muchacha, su cabello es largo y rizado. Por la puerta de la izquierda se sale a un patio pecera. Ahí me dirijo con mi camuflaje de tela semitransparente roja. Solo lo usamos para los momentos límite en que nos encontramos desnudas. Puede suceder, somos programaciones sexuadas.
Ensayo una serie de asanas y veo al revés una pareja que me contempla. Es la chica de rizos y un torso familiar, quizá el que estaba en la cama conmigo. No distingo los rostros. Permanezco más de la cuenta en la postura invertida y siento que desciende el ritmo de mis revoluciones. Todavía siento la abstinencia de oxitocina. Permanezco en la postura el suficiente tiempo como para despistar al resto de los asistentes del museo, a excepción de esas dos parejas. Desarmo mi postura de adorno del Museo de las Relaciones Rotas mientras ellos me miran, los mismos, los que trabajaron siempre para el patrón. Siento el vuelco en mi cableado profundo.
Estoy afuera, nuevamente.
Empujamos la puerta.
Es un cuartucho precario, con algunos colchones en el suelo. Nos echamos como perros a dormir. Dos nos levantamos. Afuera arreciaba el viento. Pasamos a la habitacion contigua, donde conté un sillón de tres cuerpos cuyo extremo derecho se apoyaba contra la pared de la derecha, frente a un TV de los 90 en una mesa de caño, con un adaptador de puerto USB adherido como un paráisto a la derecha de la pantalla. Hacia la izquierda, una puerta cerrada y una cama de una plaza con un colchón descubierto. M entró por la puerta sin puerta de la habiación contigua cuando nosotros ya mirábamos la pantalla desde la comodidad del sillón.
Hacia esos fríos de película, que se ven.
M abrazaba una almohada y una manta, con ellas se echó a la cama preguntando antes si podía quedarse ahí. El resto roncaba en off.
En la pantalla veíamos una serie de pautas publicitarias, interrumpida por una lluvia de pixeles y una frase en neón intermitente que reza “Ud no está aquí”.
Corte a: una grabación, tal vez, de cámara de seguridad, al parecer, de un museo. Desde esta cámara, ubicada en el extremo superior izquierdo de la sala central, observamos claramente los rostros que se aproximan al cuadro sobre, desde la perspectiva de la cámara, la pared de la izquierda. En este preciso instante, hay un japonés, una rusa, una alemana y un mexicano frente a un cuadro en el museo. Los tres primeros miran a la cámara.
2020
Texto surgido de un ejercicio experimental en base a Usted no está aquí, novela colectiva escrita durante el 2018 que puede leerse en https://unea.itch.io/unea

Quería morir

 

Quería morir.

Me acuerdo de mí. Estuve en un pozo. Mucho tiempo. Adentro había espinas, manos de uñas infinitas, escombros indistinguibles. Yo caía, primero, luego me hundía lentamente, como en la lava de un sueño. Me dejaba sumergir las extremidades, los órganos, todo hundiéndose en la tierra mohosa llena de vida, mucho más viva que yo, que mi cuerpo. Los labios, los ojos, rellenos de esos corpúsculos grises que se sumergían en mí, eran mí, mis corpúsculos grises hechos de garras del tiempo que cargaba esa tierra. No sé cuánto tiempo permanecí en el fondo. Sé que pasé mucho ahí. Sé que me fui acostumbrando al resbalar continuo del cuerpo, al impacto de la frente golpeando el muro abyecto. Fue duro conmigo. Discutíamos mucho. Nos volvimos varias voces en una sola. Era mi peor enemiga. Era esa la voz que discurría constante, emergiendo con las otras voces. Me dejé engañar. La tierra mohosa y las manos y las espinas fueron mi cobijo, me alejaban de mí. Mientras más me acercaba a ellas, más lejos me hallaba yo de mí. Retocé en esas manos callosas, en esos besos que se desprendían de las rocas por mucho tiempo. Me había quedado profundamente dormida, entregada a un sueño dulce donde podía ver paisajes gloriosos. Lo que la humanidad no valora, me decía la voz esa en el fondo del pozo donde pasaba ratos infinitos sin comer, sin dormir, sin sentir más que miedo, que desasosiego inenarrable, que profundas ganas de morir. Esto es la humanidad decía la voz continuamente en el fondo de ese pozo que iba cubriendo ya mis oídos, mis labios, tuve que callar mis voces para empezar a escucharla. Adentro seguíamos discutiendo, pero con ella, ahora era ella y nosotras, y yo no sabía quién era. Las manos ahora emergían desde adentro mismo de la tierra, sus dedos me escrutaban como peces bajo el agua, algunas golpeaban.

Recuerdo el infierno como un cuento perfecto.

Si no hay historia qué podemos decir de la historia.

 

Con los ojos cerrados podía ver mejor. Era un sueño hondísimo y arrasador. Todo afuera, el antes y el después, las manos y las piedras y la diminuta luz que se filtraba allá arriba, casi imposible de divisar, que llamaba mi cielo.

Fue un espasmo. Fue tocar un fondo frío que recubría un fondo ardiente, un núcleo de vibración constante, una absoluta certeza de la vanidad de buscar morir. De la futilidad de las tareas. Jamás moriremos me dice la voz. Esa empresa es estúpida. Soy estúpida, dice mi eco. Soy la voz del fondo del pozo, me dice mi eco. Vine a buscarte, me dice mi eco desde adentro de mi cabeza. Vine a llevarte muuy lejos, donde todo puede parecerse a una felicidad si te esfuerzas mucho por el rumbo que te indicaremos. Me dice la voz desde el fondo de mi cráneo que –yo- recibe la ínfima luz del mediodía.

No querés madurar me dice la voz. No querés salir al mundo así como está pero así como está es el mundo.

Fue un espasmo. Me sacudí en un orgasmo incontenible, con el caudal de mil mares, con la furia y el regocijo de los tifones, los manantiales. Fue la quietud imperturbable de las montañas a coro con la certeza de impermanencia de las olas golpeando mis dedos, las yemas de mis dedos del otro lado de mi cuerpo sumergido en la tierra, relleno de ese humo gris, denso, los poros y orificios obstruidos por lombrices de esa tierra fértil hecha del humos de los siglos y siglos y las turmas humanas.

No me quise morir más.

Fue un espasmo, mis manos empujaron hacia arriba, o hacia adentro, nunca lo supe. Mis pies intentaron recordar un ritmo y estar despiertos. Me concentré en respirar. Era una lucha absurda, afuera y adentro, era una imposibilidad hecha carne.

 

 

Las manos fueron volviéndose huesos, el agua entraba por mí, por debajo, me nutría, sentía la humedad subir hasta mi cabeza enterrada en la tierra. Raíces atravesando mi abdomen, mi pecho. Mi boca abriéndose en una raíz pujante, emergiendo de mí, siendo mí. Mi raíz pujante saliendo de mí. Respiré. La raíz ingresó, el agua se fue retirando. Mis extremidades, abandonadas al despojo, se relajaron al fin. Me dediqué a respirar. Atravesada por el pozo, siendo el pozo. Mis manos ya agotadas de buscar en las paredes de otros pozos. La mente, rellena de mierda y gusanos se purgó, apagándose un instante. Estuve afuera. Lo recuerdo. Lo recuerdo porque recuerdo el punto muerto. No era el punto de fuga… era el muerto.

Respiré.

Emergieron primero los cabellos de mi cúspide, sentía el aire en ellos, barriendo el polvo del tiempo. Respiré. Había algo que dolía y no sabía ubicarlo. Era todo. Era el cuerpo, el ser, el eco. Me dolía mi eco en las profundidades de esa tierra, en el fondo de mi pozo, enfrentada a mis miedos. Y yo era ahí más yo que nunca, en el fondo del pozo que me habita. Afuera y adentro. Tuve un pozo toda la vida y lo regué con esperma y lágrimas. Lo adorné con recuerdos. Lo cubrí con farsas y esmero.

Estaba nadando en mi pozo.

Nadando muy muy lento.

Retozando en mi mierda como un embrión perezoso.

Pasé mucho tiempo ahí adentro.

 

 

La  cabeza fue naciendo con dificultad, llena de ideas residuales que la obligaban a aferrarse.

Respiré.

Pasó mucho mucho tiempo.

Mis párpados recibieron la claridad sutil y protegieron mi nueva mirada. La tierra se colgó de las pestañas y emergió de mi nariz profusa y magistral. Un manantial, también, mi boca. Barro tal vez. O tiempo. Una prueba del transcurso de cierto tiempo imposible de contar. Lento. Imposible de contar.

Respiré.

Emergí.

Sentí en el rostro el aire, el calor, el frío, todas las posibilidades de sentir un rostro en una millonésima de instante o tal vez durante años. Imposible saberlo. Me costaba respirar, mis bronquios, mis pulmones. Mi estómago balbuceaba algo desde el centro pero no llegaba a oírlo, el aire se había apoderado de mis oídos, los rebotes del aire en los bordes del pozo que parecía ahora mucho, muchísimo más breve y a la vez más hondo, más hondo que nunca antes. Mi boca salió abriéndose, soltando el halo, la nube negra espesa de tiempo que guardé y forjé con los secretos de los pozos. La voz se encendió como la llama dragónica del fuero interno. Me conecté.

Salí del pozo.

Quería vivir.

 

 

2019

Andrómeda

2012

La cafetera chirriaba en eco sordo. Él, sus oídos, más bien, estaban a suficiente distancia como para soportar el chillido sin enloquecer, se acercó a paso calmo y apagó el fuego. La cafetera se parecía mucho a una pava, le dijo su compañero desde detrás del quicio de la puerta de Arturo. El compañero llevaba lentes y una boina en cuadrículas que de vez en cuando reacomodaba para que permanezca firmemente ladeada. Un pequeño bigote se movía mientras pronunciaba sus palabras. Arturo le dijo cierto y sirvió dos cafés en tazas de diámetros diferentes, volvió al lugar, a la mesa más bien, en la que el compañero, ahora sentado, ya no tan sólo como remanente del borde de la puerta sino ahora sentado, construye un robotito con el papel del paquete de cigarrillos. La boca ladeada aceptó la taza y le dijo que no se apurara con el azúcar que ya lo había dejado también, ¿y vos? La mesa es un asco dijo Arturo y el compañero asintió. Las noches de fiesta siempre lo mismo. Y sí le respondió el compañero, ahora quería armar un barquito que tuviera también piernas. Arturo pateó una botella de coca que rodó hasta chocar el zócalo y fijó un solo ojo en el techo. Trago sonoro sorbió y comenzó a relatarle los hechos. Detrás de la cortina de bambú la voz de Tracie sacudió las bases de la mesa, los libros del costado, las botellas rodando. Por supuesto que su nombre no era Tracie, ni Trixie tampoco, ni los otros similares que se inventaba, pero de momento sabía mantenerse llamándola así. Y loca. La calló con esta última (no le dijo calla Trixie, o cállate Tracie, sino callate loca) y siguió su discurso mientras el compañero hacía ya un bollo microscópico con el papel, una esfera veteada apretada entre las yemas como la tierra en las pinzas de Dios. No es lo mismo que antes, no me alcanza más. El compañero asiente, sorbe café, asiente de nuevo, quita el cigarrillo que aprietan su oreja y su boina escocesa y lo enciende y, fumando, le pregunta cuántos son los clientes. Arturo le aclara que siempre son pocos, que los tiempos que corren, que el mercado y vos me conocés le dice. El compañero asiente, le repite, siempre fuimos como hermanos, Arturo, pero viste. Entiendo. Arturo entiende y es muy poco el tiempo que le dura su cigarrillo. ¿Cuántos minutos demorás en fumar un cigarrillo, Arturo? Ya de joven habías bajado de siete minutos a cuatro. Ahora, Arturo, ¿cuánto te dura un buen puro?, ¿cuánto te dura la algarabía del contaminarte otro poco y otro? Arturo tose y no contesta. El compañero agita el cigarrillo e intenta ser animoso, quiere hacerle creer a Arturo que puede y Arturo quiere creele. Pero en vez de eso niega con la cabeza, tiempo muerto dice y un vaso cae de pronto como para acentuar lo cierto de su planteo, y cae al suelo, se rompe, entre otros vidrios y Trixie detrás de la cortina ahora ronca.

No hay revelaciones exentas de sombras y eso lo sabemos. Sorben las bocas el café, los ojos se contemplan en silencio. Oyen los pasos. El puño golpea en la puerta. Es un remolino de tiempo el que inicia ese golpe.

Un tiempo que los absorbe hacia atrás, hacia adentro, al ángulo muerto, neutro, el ojo de Trixie estalla como un fuego, en el cuarto, casi lejos, en un viaje de marranitos y conejos en un punto ajeno que no volverá a visitar, sus dedos se sacuden pero no oyen, no oyen el sonido del vecino que vuelve a golpear la puerta pero no es el vecino y eso lo saben y no lo dicen y en los dedos del compañero de Arturo solo queda un intento perdido entre el humo.

 

 

Carolina Diez

2012

Sin título

Cuando me dí cuenta/noté/anoté que ya no tenía esperanza, era tarde. Los diálogos interiores ya tenían vida propia, solo algunos lograba canalizar artísticamente, solo a veces sublimaba, la mayoría quedaba discutiendo en mi cráneo, mientras caminaba, subía al colectivo, mientras la vida pasaba adelante.

Siempre vas a estar sola, dijo alguna, pero se retractó al instante, no tenía ganas de discutir.

Afuera, sol, calor, verano estático, otra vez. Adentro ventilador, tecnología, varios libros empezados, adentro las voces. Le buscan el sentido a los chakras, a la música, cosas que no tienen que tener ninguno sentido, por fortuna.

Los vecinos hablan, por supuesto. Trata de no oírlos

Está sola

Es sola

Siempre había sido así

 

Ahora, el último tiempo, se sabía a sí misma a consciencia en esa soledad, sus sueños se lo confirmaban. Se soñaba rodeada de gentes, de manifestaciones, de tumultos y cúmulos y alborotos de entes y sus auras y sus gesticulaciones, que no eran gestos, que no eran rostros sino máscaras, sino moldes de máscaras, fachadas endebles, caras. Caras vanas.

 

(Agosto 2016)

Los

El hombre viejo da paso al hombre nuevo

La novedad se vive de manera incómoda

El hombre viejo hace una reverencia

El hombre nuevo salta y rebota

La comunicación nunca es horizontal

El hombre viejo quiere conservar

El hombre nuevo, romper y crear

La génesis no termina de comenzar

El hombre viejo está cansado

El hombre joven tiene hambre y sed

El cuerpo encarna el tiempo

El hombre viejo cae en sus penumbras

El hombre joven derrama más sangre

La historia se escribe por los dos

El hombre joven solo se hace viejo

23/9/18

Las

La mujer vieja pierde la paciencia

La mujer joven nunca la conoció

Las dos oscilan entre lo que es y lo que no

La mujer vieja tiene miedos macerados en la almohada

La mujer joven afán ferviente de que la deseen

Ambas en pos de un horizonte respiran

La mujer vieja lleva los surcos de sus años de experiencia

La mujer joven las caderas inquietas sedientas de aprender

Las mujeres tientan al diablo que las persigue y lo alimentan

La mujer vieja cocina para muchos y los nutre

La mujer joven come y prueba de muchos para nutrirse

Las edades de las mujeres vibran y se intercambian

La mujer vieja está sola y recuerda

La mujer joven está sola e inventa

Las dos historias son palabras muertas

La mujer vieja está cansada

La mujer joven está apurada

Las mujeres marcan el ritmo de la especie

De la mujer vieja quedan los cuentos

De la mujer joven el vientre dispuesto

Las mujeres juntas reproducen el amor

Las mujeres separadas reproducen el miedo.

 

Septiembre 2018

Siglos y siglos

Siglos y siglos

Coronados

De guerra, miseria y hambre

La memoria fue nuestro oro

La consciencia fue nuestro pan

Siglos y siglos

Derramando

La sangre de un dios capital

La carne sagrada de la diosa terrenal

Todo ser vivo en la mesa de todos

Servidos

Siglo y siglos

Olvidamos recordar

Perdimos la dicha de estar

De volver a pisar la huella

Andando

Siglos y siglos

Bajo el mismo sol

Asomando el único dios

Que se contempla sus ojos

Quemados

Siglos y siglos

Ardiendo los cuerpos blasfemos

Las mentiras del tiempo

La verdad primordial

Muriendo

Siglos y siglos.

Septiembre 2018

Una de 2016

Me dijeron venite a leer me dijeron. Me escribieron un mensaje donde me decían vení a leer, dale, pensé, contesté, sí, voy, pensé tengo muchos textos escritos listos para leer, estaba esperando este momento, pensé, luego dije, gracias, sí, iré. Y automáticamente supe que ninguno de los textos escritos podrían servirme para esta lectura. Entonces fue que pensé que debería encontrar el momento de escribirles algo nuevo. Entonces dije, lo haré, mirándome al reflejo insulso que me devolvía el espejo, con la mueca de estúpida placidez confiada. Y dormí. Como un ángel. Al otro día no, al otro día un viento invadió la ciudad y me dije hoy es martes trece no podrás dormir, bienvenida al sol de tu propio interior. El martes trece se está yendo, es el único momento que vas a encontrar y entonces sabés que nada tiene sentido, otra vez, pensás y decís, a Yugoslavia que ni te maúlla cuando le decís así. Lo puede notar en tus ojos. Es la ansiedad que te embriaga antes de leer, en público. Eso de planear con una semana? Dos? Tres un mes? Qué acaso vas a leer. Es raro. No pasa nada hasta 72? 63? 48 horas antes? Ahí todo, lo que es todo, se tensiona alrededor, pero no es una tensión rígida sino más bien una elástica, una de esas que asimila e incluye la circunvalación circunstancial y luego cede, y luego resiste, y luego cede, y resiste. Así hoy, martes trece pienso en que nunca fui a este lugar, en que me encanta lo foráneo, en que siempre me identifiqué con la figura de la expatriada; me leo y noto, al instante, el notorio machismo aplicado a ese término. La sin patria. La sin padre. La sin amante. La sin él.

 

 

2016